
Ayer estuve conversando con un colega de trabajo sobre la incapacidad de la gente joven en tomar decisiones. Tengo casos muy cercanos de personas entre 20 y 25 años que están todavía sin una meta ni objetivo claro en la vida. Viviendo el día a día, sin ni siquiera pensar en un desafío que les quite el sueño, por que claro, lo tienen todo: están viviendo al ámparo de la familia, tienen sus cositas limpias y planchadas, sin gastos de nada, y lo mejor, la comida caliente todo el tiempo. ¿Pero se han puesto a pensar lo que será de sus vidas en 20 o 30 años? Nada. Ni siquiera se cuestionan, como uno, cómo podrían vivir o enfrentar la dureza de la vida. Es una generación distinta, que literalmente es ajena a los abatares propios del crecimiento. Que no está interesada en nada... aunque les pasara por arriba un auto, seguirían tan mutis como siempre...
me cuesta entender... Sobre todo, porque existe gente al otro extremo, como yo y muchos otros, que han entendido que hay sacrificarse y buscar las oportunidades, porque solas no llegan.
Y no es sólo en ese plano. Porque hay otros más creciditos que, aunque tienen un rumbo profesional claro no saben o no quieren enfrentarse a otras metas y desafíos. Por ejemplo el caso de varios amigos que conviven desde hace harto tiempo, y que no saben qué responder cuando uno les pregunte qué diferencia hay entre estar así y no casados... siempre me ha inquietado eso. Creo que es una inconsencuencia tremenda, pero es su vida. Alguien me dijo ayer que era un convencido de que la gente que estaba en esa situación era porque en realidad no estaban felices con su pareja. Fuerte. Y me acordé de varios nombres. Le encontré toda la razón... no están felices, creen que todavía pueden encontrar algo mejor, entonces mejor no me caso. Ese debe ser el razonamiento. Pero que triste. Estar buscando eternamente algo mejorcito, porque lo que tenemos no termina de convencernos. No sé.
Lo dejo como inquietud.